IA y creatividad: ¿dónde está la trampa real?
¿Alguna vez has dejado de hacer algo porque creías que sin dominarlo técnicamente no tenías derecho a intentarlo?
El año pasado me presenté al concurso de cómic de mi localidad. Las bases lo permitían, lo revisé con cuidado. Era la primera vez que lo hacía y usé IA para generar las imágenes. El resultado no fue gran cosa: ni siquiera lo expusieron. Pero no me presenté para ganar. Me presenté porque por fin tenía una herramienta que me permitía contar una historia de esa manera, algo que siempre había querido hacer y para lo que nunca había tenido los medios técnicos.
Este año no puedo volver a intentarlo. Han cambiado las bases: los trabajos realizados con IA quedan excluidos. Y aquí está el problema: nadie puede demostrar si una obra ha usado IA o no. La historia, la ideación, el diseño de los personajes, la secuencia de las viñetas, el guion... ¿dónde exactamente empieza la trampa? La prohibición existe, pero es imposible de aplicar. Es un gesto, no una solución.
Y lo más importante: no cambia nada de lo que está ocurriendo fuera del concurso.
Hay una idea que circula con fuerza, especialmente entre personas que aún no han dado el salto a usar la IA de forma creativa: que usarla es una trampa. Que el valor de una obra está en el tiempo que tardaste en aprender a hacerla, en las horas frente al lienzo o la tableta gráfica. Que si no sufriste el proceso, el resultado no cuenta.
Nadie le dice a un director de cine que hace trampa por no fabricar a mano la cámara con la que rueda. Nadie cuestionó a los primeros fotógrafos por sustituir el retrato pintado. Y sin embargo, cuando alguien usa IA para crear un cómic o una ilustración, aparece la acusación. Lo que define una obra no es la técnica empleada para materializarla. Es lo que cuenta y cómo lo cuenta. La historia, la mirada, la decisión de qué incluir y qué dejar fuera. Eso no lo hace la IA: lo decides tú.
Dicho esto, sería deshonesto ignorar que hay personas para quienes esto no es un debate filosófico sino una cuestión de supervivencia.
El impacto económico es real
Un tercio de los ilustradores profesionales ya ha perdido encargos directamente por la IA. No es una queja vaga: es una contracción real del mercado. El mismo proceso está ocurriendo con traductores, redactores, fotógrafos de stock y animadores.
Yo mismo trabajo en tecnología y algunas de mis habilidades han sido superadas por la IA. No es cómodo reconocerlo, pero es la realidad, y mirarla de frente es el primer paso para adaptarse.
El problema no es que alguien como yo haga un cómic aficionado con IA. El problema es que empresas con presupuesto para contratar profesionales están dejando de hacerlo. Eso es una decisión de quienes contratan, no de quienes usamos la herramienta para explorar o crear. Prohibir la IA en un concurso local no devuelve ni un solo encargo a ningún ilustrador. Solo cierra la puerta a quienes, como yo, usaban ese espacio para aprender y probar.
Lo que sí creo: dibujar a mano seguirá teniendo valor, pero cada vez más será el valor de algo que haces porque te apasiona, no porque sea el único camino para crear. La IA no iguala habilidades, las expone. Mi cómic quedó fuera de la exposición no por la herramienta, sino porque la historia y su ejecución no estaban a la altura. La tecnología no me dio ventaja injusta. Me dio opciones. Lo que hice con ellas fue cosa mía.

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